The narrative explores the narrator's attempt to fill the void left by a breakup by acquiring a dog, only to discover that true freedom and connection come from confronting past relationships and embracing new beginnings, ultimately leading to an unexpected reconciliation.
El verano pasado tuve la genial idea de comprarme un perro.
Todo comenzó cuando Manuel me dejó y no se me ocurrió nada mejor...
que sustituirle con un gran perro, con mucho pelo y una boca enorme.
Yo siempre había estado en contra de tener animales en casa.
Me parecía cruel para el animal y poco higiénico para las personas.
Ni siquiera quise que nos quedáramos con la tortuga que le habían regalado...
por su cumpleaños sus compañeros de trabajo.
Era grande y fea.
La tuvimos metida en el bidet un par de semanas...
hasta que empecé a tener pesadillas en las cuales la tortuga se hacía gigante...
y me perseguía por toda la casa.
Conseguí convencer a Manuel de que la llevase al río que pasa cerca de su pueblo.
No volvimos a hablar nunca del tema, aunque yo sabía perfectamente que a él...
hubiera encantado tener un gatito o un perrito o un pájaro.
Quizás fue por eso, por venganza, por lo que decidí comprarme un perro.
Ahora que ya no estás, me compro un perro y te quedas sin conocerlo.
Pero claro, él ni siquiera se enteró. -¿Se lo envuelvo?
Menuda venganza.
Me recomendaron que le pusiera un nombre monosílabo,
para que el perro lo asimilase antes.
Decidí llamarle Man. Me gustaba porque era la mitad de Manuel...
y además significaba "hombre" en inglés.
-Aunque sólo seas medio Manuel, eres mucho más hombre que él.
Manuel tiene una parte de hombre y otra de "uel".
¿Para qué queremos esa parte que no significa nada,
que sólo trae recuerdos y nostalgia?
Al principio, cuando lo sacaba a pasear por el barrio, me daba un poco de vergüenza...
llamarle por su nombre. Pero después de oír las cosas...
tan malsonantes que la gente llamaba a sus perros,
dejé de tener cualquier tipo de reparos.
-Brutus, quieto. Quieto, Brutus.
-Man, ven aquí.
Man y yo solíamos ir todos los domingos a un mercadillo.
A él le encantaba. Pasaba toda la mañana de puesto en puesto...
detrás de todo lo que se movía o llamaba su atención.
Me recordaba cuando iba con Manuel, que disfrutaba enseñándome todo tipo...
de trastos viejos. Volvía locos a los tenderos regateando...
sin parar. Él siempre me decía que había que regatear.
Que subían el precio para los turistas, pero a mí me daba vergüenza.
Man creció, y aunque le había cogido cariño, después de varios meses...
conviviendo con él, empecé a hartarme. No era ni la mitad de lo que había sido Manuel.
No era más que un pobre perro, que se merecía algo mejor...
que vivir conmigo.
Llegó la Navidad, y un amigo me regaló en el que una de las canciones...
me retrataba perfectamente.
Decía que tener un gran perro cuando se es joven...
y no se quiere estar solo, es ya un aviso de derrota.
Si fuéramos tan libres como decimos, no necesitaríamos perros para reemplazar...
a nadie.
Me sentía fatal. Ponía la canción una y otra vez, mientras Man me miraba...
con esos ojos que parecía que me comprendían.
Yo quería ser libre, pero esa mitad de Manuel, que todavía estaba conmigo...
me lo impedía.
Quizás con otro nombre, me habría ayudado a olvidarle, pero ya era...
demasiado tarde para cambiárselo. Así que tuve que tomar una decisión.
Como todos los años, el día 24 fuimos a cenar toda la familia a casa de mis padres.
No les había contado nada de Man. Ni siquiera que Manuel me había dejado.
La cena siempre terminaba con la entrega de los regalos de Navidad.
Cada año mi madre hacía un sorteo para decidir quién regalaba a quién.
El año pasado me había tocado Manuel. Le hice una bufanda de lana...
y él me regaló un álbum lleno de fotos.
Este año me tocó mi hermano Javier. Le había comprado una colonia...
Pero cuando estaba en casa envolviéndola me di cuenta de que ésa era la oportunidad...
de deshacerme del perro y empezar una nueva vida.
Dejé a Man en el coche durante la cena y en el momento de dar los regalos,
bajé a por él.
Pero abajo, donde los había dejado, no estaban ni el coche ni Man.
Era la segunda vez que me robaban el coche, pero la primera que me lo robaban...
con perro adentro.
El coche lo encontró la policía en un descampado a los pocos días.
Pero del perro, ni rastro.
Sabía que debía estar contenta por no tener que preocuparme más de él.
Sin embargo estaba triste. Mucho más que cuando me dejó Manuel.
Puse carteles con la foto de Man por todo el barrio.
No hubo noticias durante varios días. Hasta que una mañana, llamaron...
a la puerta.
-Man. Manuel.
Manuel y Man juntos. No me lo podía creer.
Me contó que se lo acababa de comprar ese mismo día en el mercadillo.
Y que aunque pareciese difícil de creer, había tenido la sensación...
de que había sido el perro quien le había arrastrado hasta mi casa.
Además me dijo que me echaba de menos y que quería volver a estar conmigo.
Man enseguida me reconocía y empezó a jugar.
No quise contarle nada a Manuel, que se extrañó mucho de que el perro...
fuese tan cariñoso conmigo. Me dijo que le había llamado Max.
A mí me pareció muy bien.
Para el perro sonaba casi igual, y para mí era un tercio de Manuel...
y una parte X, desconocida, que había hecho que nos volviésemos...
a juntar los tres.
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